Después de haber tenido la suerte de acompañar a muchos
compañeros del sector, de escuchar a cientos de ellos y de encontrarme con una
lectura sobre el poder simbólico de Pierre Bourdieu, puedo hacer esta reflexión
con la mayor rotundidad. Hay sectores que se sostienen sobre estructuras
sólidas, recursos suficientes y direcciones que conocen el terreno. Y luego
está el sector social, que se sostiene sobre algo mucho más frágil: discursos.
Discursos que se repiten tanto que acaban pareciendo verdad. “Aquí no se viene
solo por el sueldo, también se viene por vocación y si es de verdad no dejas
esto nunca”, me dijo una compañera en mi primer día. Yo asentí, como asienten
los nuevos, sin saber que esa frase era la llave que abría la puerta a todo lo
que vendría después.
La vocación es hermosa, sí, pero en este sector se ha
convertido en el ingrediente secreto de una receta que precariza sin que nadie
proteste. “Si te quejas, es que no tienes madera para esto”, escuché una vez en
un pasillo. Y ahí entendí que la vocación no solo inspira: también silencia.
Cuando se mezcla con el poder simbólico —ese mecanismo invisible que convierte
abusos en normalidad— la vocación se transforma en una herramienta de control
emocional. No hace falta mejorar salarios, ni condiciones, ni recursos: basta
con ofrecer un poco de estatus, un título rimbombante, una palmadita en la
espalda. Un “coordinas”, un “referente”, un “responsable de zona”. Palabras grandes
para tapar carencias enormes.
Y mientras tanto, la formación —esa que debería ser el pilar
de cualquier intervención social— se deja de lado. “Esto lo puede hacer
cualquiera”, he escuchado más veces de las que me gustaría. Como si acompañar
procesos vitales complejos fuera cuestión de buena voluntad. Como si la
profesionalidad se sustituyera con vocación. Como si la falta de formación no
fuera un riesgo, sino un ahorro. El poder simbólico también opera ahí: si
cualquiera puede hacerlo, ¿para qué invertir en aprender? ¿Para qué pagar
mejor? ¿Para qué reconocer la especialización? La precariedad se disfraza de
accesibilidad, y la falta de recursos se maquilla como sencillez del trabajo.
Quizá por eso los puestos más duros, más tensionados y peor
dimensionados siempre acaban en manos de los más jóvenes. No porque estén
preparados, sino porque están disponibles. “A ti te viene bien para aprender”,
le dijeron a una compañera recién salida de la carrera mientras le asignaban un
turno imposible. Aprender qué, pensé yo. ¿A sobrevivir? Los jóvenes aceptan
porque creen que es lo normal, porque nadie les ha dicho que no lo es, porque
el poder simbólico les susurra que “todos hemos pasado por ahí”.
En los servicios más duros, el convenio es un documento
decorativo. Lo que manda es la normativa interna, esa que se inventa para
“adaptarse a la realidad del servicio”. “Esto también está incluido en tu
plus”, me soltó un coordinador con una sonrisa que no sabía si era ironía o
amenaza. Esa frase lo resumía todo: no hay compensación, no hay reconocimiento,
solo un cajón desastre donde cabe cualquier abuso. El poder simbólico hace el
resto: convierte la precariedad en sacrificio, y el sacrificio en virtud.
Y luego llega ese momento en el que te dicen que “te
encargas” de una zona o de un servicio. La palabra suena grande, casi solemne.
Pero la realidad es mucho más pequeña y mucho más dura. “Te damos la zona
porque confiamos en ti”, me dijeron una vez. Lo que no dijeron es que esa
confianza no venía acompañada de recursos, ni de personal suficiente, ni de
margen real para tomar decisiones. Lo que sí venía era un estatus simbólico: un
título que no paga facturas, que no reduce carga, que no te protege de nada.
Eres responsable, pero no tienes poder. Eres referente, pero no puedes cambiar
nada. Eres la cara visible, pero no la mano que decide.
Como no tienes medios, empiezas a poner parches. Como no
tienes apoyo, empiezas a asumir tareas que no te corresponden. Como no tienes
autoridad, te conviertes en una visagra entre estructuras mal dimensionadas. Y
como nadie más lo va a hacer, acabas saliéndote de tu horario, trabajando por
la mañana y por la tarde, encajando llamadas, correos y urgencias que no son
tuyas… pero que si no atiendes tú, se quedan sin atender. “Haz lo que puedas”,
te dicen desde arriba. “Hazlo ya”, te dicen desde abajo. Y tú, en medio,
sosteniendo un sistema que se cae a trozos.
El poder simbólico funciona así: no te da dinero, no te da
tiempo, no te da herramientas. Te da un título. Un nombre. Una ilusión de
importancia. Y con eso basta para que aceptes responsabilidades que no te
corresponden. No decides sobre la zona, no dimensionas los equipos, no puedes
modificar los turnos ni cambiar los protocolos. Pero sí eres quien da la cara
cuando algo falla. “Es que tú llevas la zona”, te sueltan cuando hay un
problema. Como si llevarla significara algo más que apagar fuegos con un
mechero.
Mientras tanto, la jerarquía crece como una planta invasora.
Cada año aparece un nuevo cargo, una nueva coordinación, una nueva figura
intermedia. “Aquí hay más jefes que indios”, bromeó un compañero en una
reunión. Nadie rió. Porque era verdad. La estructura se llena de personas que
toman decisiones sin tocar el terreno, y cada una necesita justificar su
existencia, lo que se traduce en más control, más burocracia y más presión
hacia abajo. Más poder simbólico, menos poder real.
Y en la cúspide de todo esto están las centrales. No una,
sino varias. Espacios donde no se trabaja en lo real, sino en lo ideal. Donde
no se pisa el barro, pero se dictan las normas para quienes sí lo pisan. Donde
no se mejora el salario ni la cultura, pero sí se reparten carguitos que
brillan por fuera y pesan por dentro. “Desde aquí se ve todo más claro”, me
dijo un antiguo compañero que ascendió. Claro que se ve más claro: desde arriba
no se ve el cansancio, ni las urgencias, ni las vidas que acompañamos. Las
centrales son el templo del poder simbólico: no te dan nada tangible, pero te
dan un lugar desde el que mirar por encima del hombro. Y con eso basta para que
muchos quieran llegar allí.
Al final, cuando el centro queda en silencio y solo queda el
eco del día, siempre vuelve la misma idea: esto no puede seguir así. Una
compañera lo dijo una vez, casi en un susurro, mientras apagaba la luz del despacho:
“Si no nos cuidamos entre nosotros, ¿quién lo va a hacer?”
Y quizá ahí empiece todo. No en grandes discursos ni en
protocolos nuevos, sino en mirarnos, reconocernos y dejar de normalizar lo que
duele. En entender que lo que defendemos para los demás —el cuidado, la
justicia, la dignidad— también nos pertenece. “Esto lo cambiamos juntos o no lo
cambia nadie”, dijo un compañero. Y tenía razón.
La fuerza está en lo colectivo, en recuperar la cultura del cuidado para nosotros mismos, en sostenernos como sostenemos a otros. Quizá no sea rápido. Quizá no sea fácil. Pero será nuestro. Y cuando llegue ese día, la vocación volverá a significar lo que siempre debió: una fuerza que impulsa, no que aplasta. Una palabra que, por fin, no duela.

