La crisis que
atraviesa Venezuela vuelve a recordarnos algo que en el sector social conocemos
bien: cuando las decisiones se toman sin participación, cuando el poder se
ejerce desde arriba y sin límites, quienes más sufren son siempre las personas
más vulnerables. No hace falta mirar muy lejos para entenderlo. En nuestro
trabajo cotidiano vemos cómo la falta de diálogo o la imposición de cambios
puede fracturar comunidades, equipos y proyectos que requieren tiempo y escucha
para sostenerse.
Por eso, más allá
del análisis político, esta situación nos invita a pensar en cómo gestionamos
los procesos de transformación, tanto en los países como en las organizaciones
que trabajan por el bien común.
1.
La fuerza como atajo: una tentación que nunca construye futuro
En contextos de
crisis, la idea de “resolver” un conflicto mediante la imposición puede parecer
una salida rápida. Pero la historia demuestra que cuando se actúa sin reglas,
sin consensos y sin participación, lo que se obtiene no es estabilidad, sino
fragilidad.
En el sector
social, aunque en otra escala, también lo sabemos: los cambios que se
imponen sin diálogo pueden avanzar deprisa, pero rara vez llegan lejos. Lo
que se construye sin contar con las personas termina siendo efímero.
2.
Los precedentes importan: en los países y en las instituciones
El verdadero
riesgo no es solo lo que ocurre hoy, sino lo que se normaliza para mañana. Si
se acepta que un gobierno puede ser cambiado por la fuerza, mañana cualquier
poder podría justificar acciones similares por motivos menos nobles.
En las
organizaciones sociales, los precedentes también marcan el camino. Cuando se
decide sin escuchar, cuando se actúa sin transparencia o cuando se ignoran los
procesos participativos “porque hay prisa”, se abre una grieta que luego cuesta
cerrar. La confianza, una vez dañada, no se recupera con facilidad.
Por eso, en
momentos de transformación, es fundamental recordar que la participación no
es un adorno: es la base que sostiene cualquier cambio duradero.
3.
Cambiar es sencillo; acompañar y reconstruir es lo que exige vocación y cuidado
En política,
remover a un líder puede ser rápido; reconstruir un país es lo que requiere
tiempo, acuerdos y responsabilidad. En lo social, también lo sabemos:
intervenir es fácil; transformar realidades de manera sostenible es lo que
exige paciencia, escucha y compromiso.
Y aquí entra un
elemento clave para nosotros: la vocación.
La vocación es un
motor poderoso, pero no es inagotable. No basta con tenerla. Necesita
condiciones, cuidados, espacios de participación y estructuras que la protejan.
Cuando se la sobrecarga, cuando se la da por sentada o cuando se la utiliza
como excusa para exigir más de lo razonable, se resiente. Y cuando la vocación
se resiente, no solo sufre la persona: se debilita el proyecto entero.
Por eso, en
tiempos de cambio, cuidar la vocación significa también cuidar los procesos,
los ritmos y la manera en que se toman las decisiones.
4.
Cuando todo se transforma, también deben transformarse los modos de hacerlo
En el sector
social sabemos que los contextos cambian, que las realidades evolucionan y que,
tarde o temprano, llegan momentos en los que las estructuras, los métodos y las
dinámicas necesitan renovarse. No porque lo anterior no haya servido, sino
porque lo que viene exige formas distintas de sostenerlo.
Cuando surge algo
nuevo —una etapa, una manera de trabajar, una visión renovada— no basta con
colocarlo dentro de los mismos moldes de siempre. Lo nuevo necesita espacios
nuevos, ritmos nuevos, maneras nuevas de escucharnos y de organizarnos. Si se
intenta encajar lo que nace en estructuras que ya no lo contienen, se corre el
riesgo de que lo valioso se pierda por el camino.
Por eso, cuando
se intuyen tiempos nuevos, también es necesario pensar en los “odres”
adecuados: en las estructuras, los procesos y los espacios que permitan que lo
que nace pueda crecer sin romperse.
5.
La responsabilidad de construir juntos
La situación en
Venezuela es un recordatorio de lo que ocurre cuando el poder se ejerce sin
límites y las reglas se rompen en nombre de una causa que parece justa. Pero
también es una invitación a mirarnos por dentro y preguntarnos qué tipo de
institución queremos ser.
Una que impone, o
una que construye. Una que decide sola, o una que escucha. Una que desgasta la
vocación, o una que la cuida.
El camino que elijamos ahora marcará no solo el futuro de la organización, sino también la calidad del servicio que ofrecemos a las personas que acompañamos.

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